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"Mis amigas y
amigos,
Nos
encontramos aquí reunidos para discutir las soluciones de los problemas de la
seguridad alimentaria mundial.
La seguridad
alimentaria siempre fue una preocupación central de mi Gobierno. En 2003,
inauguré un programa pionero, el Hambre Cero, el cual permitió a millones de
brasileños, antes sometidos a la condición de miserables, haber pasado a comer
tres comidas por día.
Hice del
combate al hambre y a la pobreza una prioridad de la acción internacional del
Brasil. Me auné a otros líderes de países ricos y pobres con el objetivo de
encontrar fuentes de recursos capaces de liberar una grande parte de la
humanidad de los flagelos del hambre y de la desnutrición.
Desarrollé
con ellos formas creativas para hacer de los recursos hoy utilizados en la
producción de armamentos o en la búsqueda de ganancias exorbitantes por medio
de especulación financiera pudieran canalizarse para el más humanitario de los
objetivos: darle de comer a quien tiene hambre.
Hicimos
progresos. Logramos, por ejemplo, crear un mecanismo para atender a las
necesidades de tratamiento contra enfermedades endémicas en los países más pobres.
Pero lo que
hicimos es muy poco con relación a la enormidad de la tarea. Quiero
recordarles, señores, que todas las noches, más de 800 millones de personas en
todo el mundo se van a dormir con hambre, y esto es una indignidad y un insulto
a la humanidad.
A pesar del
amplio trabajo técnico y de la voluntad política de algunos líderes, las
resistencias de todo tipo siguen anteponiéndose a las soluciones innovadoras.
Reunimos en
la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, a sesenta Jefes de Estado y altos
representantes de más de cien países, que aprobaron un documento que proponía
medidas, al mismo tempo, viables y audaces.
Pero, una vez
terminadas las reuniones y apagadas las luces, parece que las personas vuelven
a sus quehaceres cotidianos. Y entonces se olvida el hambre, para después
recordarla cuando sucede una explosión como la de las últimas semanas.
No hay que
engañarnos: no habrá solución estructural para el tema del hambre en el mundo
mientras no seamos capaces de direccionar recursos para la producción de
alimentos en los países pobres. Y, de forma simultanea, eliminemos las
prácticas comerciales desleales que caracterizan el comercio agrícola.
El problema
del hambre se agravó en los últimos tiempos con el fuerte aumento de los
precios de los alimentos.
En algunos
países, multitudes, desesperadas por la falta de comida, salieron a las calles,
para protestar y exigir providencias de las autoridades.
Nos
encontramos frente a un problema grave y delicado.
Y, para
enfrentarlo tenemos que entender las verdaderas causas.
Tomemos un
ejemplo especialmente dramático, el de Haití. Este país - el más pobre del
continente americano - llegó a ser uno de los mayores productores de arroz de
la región caribeña. Sin embargo, políticas macroeconómicas impuestas de fuera
que privilegiaban exclusivamente el aspecto monetario, aunadas a la disponibilidad
de alimentos altamente subsidiados en otros países, llevaron al abandono del
plantío de arroz en Haití, con las trágicas consecuencias que conocemos.
Para entender
plenamente las verdaderas razones de la crisis alimentaria actual, es
indispensable, por lo tanto, alejar la señal de humo lanzada por lobbies poderosos,
que pretenden atribuir a la producción de etanol la responsabilidad por la
reciente inflación del precio de los alimentos.
Más que una
simplificación, se trata de una burla, que no resiste a una discusión seria.
La verdad es
que la inflación del precio de los alimentos no tiene una única explicación.
Resulta de una combinación de factores: el alta del petróleo, que afecta los
costes de los fertilizantes y de los fletes; los cambios cambiales y la
especulación en los mercados financieros; las reducciones en los almacenajes
mundiales; el aumento del consumo de alimentos en países en vías de desarrollo,
como China, India, Brasil y otros tantos; y, sobre todo, el mantenimiento de
absurdas políticas proteccionistas en la agricultura de los países ricos.
Tal vez la
mayor novedad - muy bienvenida, digámoslo de pasaje, - sea el hecho que más
personas están comiendo. Los pobres en China, en India, en África, en América
Latina y en el Caribe, incluso en Brasil, están comiendo más. Y eso es muy
bueno.
El hecho es
que multitudes de nuevos consumidores se están incorporando a los mercados.
Grandes países antes considerados pobres se están desarrollando a tasas
vigorosas y, con ellos, mejorando la vida de sus pueblos. Ese fenómeno, de
enorme importancia, llegó para quedarse.
Otro factor
esencial en el alta del precio de los alimentos es la disparada de los precios
del petróleo.
Es curioso:
muchas personas hablan del aumento de los precios de los alimentos pero
enmudecen al analizar el impacto del alta del precio de petróleo en los costes de
producción de alimentos. Es como si una cosa no tuviera nada que ver con la
otra. Y cualquier persona bien informada sabe que así no funciona.
Vamos a los
números. En Brasil, en cada grano de frijol, de arroz, de maíz, de soya, o en
cada litro de leche, el petróleo es responsable por el 30% del coste final.
Miren que
estoy hablando de Brasil, donde el petróleo representa solamente un 37% de
nuestra matriz energética. En mi país, más del 46% de la energía proviene de
fuentes renovables, como a caña de azúcar y las hidroeléctricas.
Pero incluso
así, el petróleo pesa mucho en el coste de las plantaciones brasileñas. Y
entonces me pregunto: ¿y cuánto no pesa el petróleo en el coste de producción
de alimentos de otros países que de él dependen mucho más que nosotros? Aún más
cuando se sabe que, en los últimos anos, el precio del barril saltó de 30 a más
de 130 dólares.
Es necesario
tomar providencias. Por ello, la semana pasada, los Jefes de Gobierno de
América Central, en reunión con Brasil, decidieron pedir a las Naciones Unidas
una convocación urgente para una Conferencia Internacional para discutir el
asunto.
Mis amigas y
mis amigos,
Otro factor
decisivo para el aumento de los alimentos es el intolerable proteccionismo con
el que los países ricos circundan a su agricultura, atrofiando y desorganizando
la producción en otros países, especialmente los más pobres.
La llamada
crisis mundial de alimentos es, antes que nada, una crisis de distribución.
Se precisa
producir más y distribuir mejor. Brasil, como potencia agrícola, se está
empeñando en aumentar su producción.
¿Pero de que
sirve producir, si los subsidios y el proteccionismo le quitan el acceso a los
mercados, mutilan los ingresos e inviabilizan la actividad agrícola sostenible?
Algunos
países especialmente bien dotados de recursos y que desarrollaron tecnologías
avanzadas incluso hasta pueden, por medios de logros extraordinarios de productividad,
vencer las injustificadas barreras y distorsiones creadas por economías más
ricas del mundo.
¿Mas que
hablar de las economías más pobres, que luchan para mantener una agricultura de
subsistencia en medio de las dificultades de financiamiento, irrigación,
insumos, como es el caso de muchas economías africanas que hay hacer?
Los subsidios
crean dependencia, desmantelan estructuras productivas enteras, generan hambre
y pobreza donde podría haber prosperidad. Ya pasó de la hora de eliminarlos.
La superación
de los bloqueos actuales requiere una conclusión exitosa, lo antes posible, de
la Ronda de Doha de la OMC. Un acuerdo que dejé de tratar el comercio agrícola
como una excepción a las reglas. Que permita a los países más pobres generar
ingresos con su producción y exportación.
La verdadera
seguridad alimentaria tiene que ser global y basada en la cooperación.
Es que Brasil
ha procurado hacer sus aliados del mundo en vías de desarrollo, sobre todo con
África, América Central y el Caribe. La expansión de ese tipo de iniciativa se
puede beneficiar enormemente con la elaboración de nuevas alianzas, que
permitan la cooperación triangular.
Amigas y
amigos,
Brasil ha
insistido en el enorme potencial de los biocombustibles. Ellos son decisivos en
el combate al calentamiento global. Y pueden jugar un rol importantísimo en el
desarrollo económico y social de los países más pobres. Los biocombustibles
generan ingresos y empleos, sobre todo en el campo, al mismo tiempo que
producen energía limpia y renovable.
Y por ello
veo con espanto las tentativas de crear una relación de causa y efecto entre
los biocombustibles y el aumento de los precios de los alimentos.
Es curioso:
son pocos los que mencionan el impacto negativo de los precios del petróleo
sobre los costes de producción y transporte de alimentos.
Ese
comportamiento no es neutro ni desinteresado. Veo con indignación que muchos de
los dedos que apuntan contra la energía limpia de los biocombustibles están sucios
de aceite y de carbón. Veo con desolación que muchos de los que responsabilizan
al etanol - incluso el etanol da caña de azúcar - por el alto precio de los
alimentos son los mismos que hace décadas mantienen políticas proteccionistas,
en prejuicio de los agricultores de los países más pobres y de los consumidores
de todo el mundo.
Los
biocombustibles nos son el villano que al contrario, desde que desarrollados
con criterio, de acuerdo con la realidad de cada país, pueden ser un instrumento
importante para generar ingresos y retirar a países de la inseguridad
alimentaria y energética.
Brasil es un
ejemplo de ello.
La producción
brasileña de etanol a base de caña de azúcar ocupa una parte muy pequeña de
tierras agrícolas y no reduce el área de producción de alimentos.
Y para que no
se alegue que estoy utilizando estadísticas solamente brasileñas, cito aquí
algunos datos del informe de 2007 del Departamento de Agricultura de los
Estados Unidos sobre la producción de etanol en Brasil. Brasil tiene 340
millones de hectáreas de tierras agrícolas.
200 millones
de pastos y 63 millones de cultivos, de los cuales solamente 7 millones de
hectáreas de caña.
Mitad se
utiliza para la producción de azúcar. La otra mitad, alrededor de 3,6 millones
de hectáreas, se destina para la producción de etanol.
O sea, toda
la caña de Brasil está en el 2% de su área agrícola, y todo el etanol se
produce em sólo el 1% de esa misma área.
Algunos
críticos dicen que la producción de etanol está llevando la caña a invadir
áreas de cultivos.
Esas críticas
no tienen algún fundamento.
Desde 1970,
cuando lanzamos nuestro programa de etanol, la producción de etanol de cana por
hectárea fue más que duplicada.
Por otro
lado, de 1990 para acá, nuestra producción de granos creció un 142%. Ya en el
área plantada se expandió en el mismo período solamente un 24%. O sea, en lo
fundamental, nuestra producción de granos creció gracias a un espectacular
aumento de productividad.
De tal forma
que no se sustenta la afirmación que el crecimiento de la producción de etanol
en Brasil se hace sacrificando la producción de alimentos.
La producción
de etanol y la producción de alimentos son hijas de la misma revolución, que,
en las últimas décadas, ha trasformado el campo brasileño, gracias al ingenio
de nuestros investigadores y al espíritu emprendedor de los agricultores
brasileños. Revolución que hizo el Brasil una referencia mundial en tecnología
de agricultura tropical.
Hay críticos
que aún apelan a un argumento sin pies ni cabeza: los cañaverales en Brasil
estarían invadiendo la Amazonia. Quien dice una tontería de esas no conoce Brasil.
La Región
Norte, en donde se encuentra la mayor parte del Bosque Amazónico, tiene
solamente 21 mil hectáreas de caña, el equivalente al 0,3% del área total de
los cañaverales de Brasil.
Es decir,
99,7% de la caña está por lo menos 2 mil kilómetros de la Amazonía. Esto es, la
distancia entre nuestros cañaverales y la Amazonía es la misma entre el
Vaticano y el Kremlin.
Además de
ello, todavía no hay em Brasil 77 millones de hectáreas de tierras agrícolas -
fuera de la Amazonía, bien entendido -, que aún no se están utilizando. Eso
equivale a poco menos que los territorios de Francia y de Alemania juntos. Y
aún tenemos 40 millones de hectáreas de pastos subutilizadas y degradadas, que
se pueden recuperar y destinadas a la producción de alimentos y caña.
En suma, el
etanol de caña en Brasil no agrede a Amazonía, no saca tierra de la producción
de alimentos, ni disminuye la oferta de comida en la mesa de los brasileños y
de los pueblos del mundo.
Mis amigas y
mis amigos,
No soy
favorable para que se produzca etanol a partir de alimentos, como es el caso
del maíz y otros. No creo que alguien va a llenar el tanque de su coche con combustible
si para hacerlo va a quedar con el estomago vacío.
Por otro
lado, es evidente que el etanol de maíz únicamente logra competir con el etanol
de caña cuando se anaboliza por subsidios y se protege con barreras arancelarias.
El etanol de
caña genera 8,3 veces más energía renovable que la energía fósil empleada en su
producción. En el caso del etanol de maíz, éste genera sólo una vez y media de
la energía que consume.
Es por ello
que hay quien dice que el etanol es como el colesterol. Hay etanol bueno y
etanol malo. El etanol bueno ayuda a descontaminar el planeta y es competitivo.
El etanol malo depende las grasas de los subsidios.
El etanol
brasileño es competitivo porque tenemos tecnología, tenemos tierras fértiles,
tenemos sol en abundancia, tenemos agua, y tenemos agricultores competentes. Y
eso no es un privilegio nuestro. Buena parte de los países de África, de
América Latina y del
Caribe,
además de algunos países asiáticos, reúne condiciones semejantes. Y, con
cooperación, transferencia de tecnología y mercados abiertos, se puede producir
también etanol de caña o biodiesel con éxito, generando empleo, ingresos y
progreso para sus poblaciones.
O sea, la
"revolución dorada", que combina tierra, sol, trabajo y tecnología de punta,
puede ocurrir también en otros países en vías de desarrollo. Las sabanas
africanas, por ejemplo, se parecen mucho con el Cerrado brasileño, en donde se
registra altísimos índices de productividad.
Amigas y
amigos,
Llegó la hora
que los analistas políticos y económicos evalúen correctamente la capacidad de
aporte de los países en vías de desarrollo sobre el tema de alimentos, energía
y cambios climáticos.
Alrededor de
100 países tienen vocación natural para producir biocombustibles de forma
sostenible. Esos países tendrán que hacer sus estudios y decidir si pueden o no
producir biocombustibles, y en qué medida.
Necesitarán
definir las plantas más adecuadas y escoger proyectos en función de criterios
económicos, sociales y ambientales.
Se trata de
decisiones importantes. Que se deben tomar por ellos mismos. Y no por otros
países o por entidades que muchas veces hacen eco - incluso de buena fe - los
intereses de la industria petrolera o de los sectores agrícolas acostumbrados a
los subsidios y al proteccionismo.
El mundo
tiene que decidir también como lidiar con la gravísima amenaza que representa
el calentamiento global. Una amenaza que requiere una respuesta firme y cohesa
por parte de toda la humanidad.
En Kyoto, el
mundo reaccionó de forma madura y responsable. Desafortunadamente, algunos
países rechazaron asumir compromisos y metas de reducción de emisión de dióxido
de carbono.
A pesar de
todo, Kyoto fue un marco. La humanidad tomó conciencia de que era necesaria una
acción fuerte y organizada para salvar el planeta.
Desafortunadamente,
es más fácil emitir alertas que cambiar hábitos de consumo y acabar con los
derroches.
Es más fácil
darle la culpa a los demás que hacer los cambios necesarios, que hieren los
intereses establecidos.
Así, parece
que, que los últimos tiempos, las voces de los que claman por una reducción en
las emisiones de dióxido de carbono se están debilitando.
Es
lamentable. No podemos ser irresponsables con el futuro de nuestros hijos y
nietos, con el futuro del planeta. El mundo no puede seguir quemando
combustible fósil con el ritmo actual.
En Brasil,
hicimos un estudio comparando las emisiones de CO2 de un carro que funciona con
etanol con gasolina - usamos el mismo modelo, el mismo motor, el mismo camino,
la misma velocidad. El carro que funciona con gasolina emite 250 gramos de CO2
por kilómetro, una emisión ocho veces y media superior a la del vehículo a
etanol. En la comparación del diesel con el biodiesel, constatamos que el
camión que funciona con combustible fósil emitió 5,3 veces más dióxido de
carbono que aquel a biodiesel.
Además de
ello, las plantas utilizadas en la producción de biocombustibles, durante su
fase de crecimiento, son responsables también por el secuestro de gran cantidad
de dióxido de carbono. El etanol no es solamente un combustible limpio. También
es un combustible que limpia el planeta mientras se está produciendo.
Debido a todo
esto, es necesario un debate serio y equilibrado sobre los biocombustibles y el
calentamiento global. En este sentido, invito a las autoridades, científicos y
representantes de la sociedad civil de todos los países para la Conferencia Internacional
de Biocombustibles, el próximo mes de noviembre, en San Paulo.
Mis amigos y
mis amigas,
Baratear la
energía y los fertilizantes y acabar con los subsidios intolerables de la
agricultura en los países ricos - estos son nuestros mayores retos hoy.
En los
últimos 30 años, hubo una verdadera revolución silenciosa en la agricultura de
muchos países, sobre todo en los trópicos. Esta revolución puede beneficiar a
todos, ricos y pobres, sin distinción. Puede traer también herramientas,
soluciones y alternativas para atender a la demanda creciente de centenas de
millones de personas.
La expansión
de la agricultura de países en vías de desarrollo, como Brasil, cambia la
dimensión de los problemas. Cambian las rutas y las estrategias para solucionarlos.
La visión de
seguridad que prevalece en el mundo de hoy está centrada en el control y en la
garantía del territorio, de la oferta de alimentos y de la oferta de energía.
Los subsidios
a la producción agrícola y las barreras comerciales, que tanto han retardado el
crecimiento de la agricultura de los países más pobres, son también consecuencias
de está visión.
Es necesario
reconocer que, si la agricultura de los países en vías de desarrollo hubiera
sido estimulada por un mercado libre, tal vez no estuviéramos viviendo esa
crisis de alimentos.
Precisamos
reformular visiones, reciclar ideas.
Debemos
trabajar con nociones de interdependencia y colaboración. Estoy convencido que
podemos crear un concepto nuevo de seguridad para un mundo en el cual no solo
la energía sino también las ideologías sean renovables.
La
globalización, que se instaló de forma tan amplia en la industria, necesita
llegar a la agricultura.
Debemos, como
se lo sugerí a nuestro Director General Jacques Diouf, encarar este momento, no
como una crisis, sino como una oportunidad. Una oportunidad para estimular la
agricultura en todos los países, en particular en África.
Siempre me
consideré un optimista. Confío en la capacidad así fue en el pasado. Estoy
convencido que será así ahora. Es suficiente que no hagamos un diagnóstico
equivocado del problema. Y que no nos vayamos por caminos equivocados.
La solución
no está en protegerse o en intentar frenar la demanda. La solución está en
aumentar la oferta de alimentos, abrir mercados y eliminar subsidios para poder
atender a la demanda creciente. Y para ello es necesario un cambio radical en
las formas de pensar y actuar.
Muchas
gracias." |